La Misión

La Iglesia Católica enseña que el desarrollo humano se realiza en la persona en su totalidad: físico, psicológico, espiritual, cultural y social. Para que el desarrollo sea integral y plenamente humano, debe tener en cuenta a la persona en todas sus dimensiones, así como a la comunidad particular a la que pertenece y a toda la familia humana, porque los seres humanos no prosperan en el aislamiento.

«He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn. 10, 10). Con estas palabras, Jesús expresa tanto su propia misión como la de la Iglesia. «La gloria de Dios», añade san Ireneo, «es el ser humano plenamente vivo» (Cf. Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías, Libro 4, 20,5-7).

El desarrollo es otra manera de nombrar la vida misma. Es lo que todos desean desde la concepción hasta la muerte; es lo que todos desean para sí mismos, para su familia, para su comunidad y para su pueblo; es lo que todos deberían desear para toda la familia humana, sin excluir a nadie.

En cada sociedad y en todos sus sectores, las personas necesitan afrontar los obstáculos que impiden su desarrollo humano integral. La Iglesia desea acompañarlas en este gran esfuerzo mediante su presencia, orientación y aliento. Como decía Jesús tan a menudo: «¡No tengan miedo!» (Mt. 14, 27 et al.)

Introducido de manera emblemática por el papa Pablo VI en su encíclica Populorum Progressio (1967) y orientando hoy nuestro discernimiento del bien común en la Magnifica Humanitas (2026) del papa León XIV, el marco del «desarrollo humano integral» es actualmente ampliamente aplicado por organizaciones humanitarias y de desarrollo para abordar las desigualdades estructurales, la pobreza, la violencia y la degradación ambiental.

“El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre” Cf. Populorum Progressio 14). El verdadero progreso no puede medirse únicamente mediante índices monetarios limitados o por la tecnología. Más bien, «la calidad del desarrollo se mide por la capacidad de integrar la justicia hacia las personas y el cuidado de nuestra casa común, así como de promover condiciones de vida dignas, el acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, el cuidado de la creación y la consideración de las generaciones futuras» (Cf. Magnifica Humanitas 84).

El desarrollo auténtico alimenta el crecimiento emocional, comunitario y espiritual, garantizando que se satisfagan las necesidades materiales básicas de todos, al tiempo que integra aquellas dimensiones intangibles, ambientales y las necesidades futuras que con frecuencia se olvidan.

Haciéndose eco del Papa Pablo VI, para ser auténtico, el desarrollo debe ser de cada persona, de toda la persona y para todos, incluidas las generaciones futuras.

Creado por el papa Francisco en 2016, el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral de la Santa Sede apoya al Papa y a los Obispos —las Iglesias particulares, las Conferencias Episcopales, sus organismos regionales y continentales, así como las estructuras jerárquicas orientales— en la superación de los numerosos obstáculos al desarrollo humano integral de las personas. Entre ellos se encuentran la violencia y la guerra, las violaciones de los derechos humanos, las emergencias humanitarias, la degradación ambiental, el desempleo, la falta de acceso a la atención sanitaria y la migración forzada.

El programa del Dicasterio se desarrolla en tres etapas:

Escucha y diálogo: escucha a los obispos locales de las Iglesias particulares y a quienes colaboran con ellos para comprender qué factores bloquean o dificultan el desarrollo humano integral de sus pueblos. ¿Qué está sucediendo en el territorio?

Investigación y reflexión: estudia las situaciones difíciles planteadas por las comunidades,  y propone orientaciones pastorales para afrontarlas. ¿Qué obstáculos hay en el territorio que impiden el desarrollo integral de las personas y comunidades?

Comunicación: devuelve a las Iglesias locales aquello que puede resultarles útil y, al mismo tiempo, comparte con toda la Iglesia y con todo el Pueblo de Dios cada nueva forma de poner en práctica la Buena Nueva. Comunicación a modo de Orientaciones pastorales o de buenas prácticas respecto al desarrollo humano integral. Dar esperanza.         

Los Superiores, Miembros, Consultores y colaboradores del Dicasterio comparten la vocación de todo el Pueblo de Dios: cuando nos llama a anunciar el Evangelio, el Señor Jesús nos pide que cuidemos de nuestros hermanos y hermanas más débiles, enfermos y sufrientes. Esta espiritualidad tiene su origen en el amor de Dios, “que nos amó primero” (1 Jn 4,19) “cuando todavía éramos pobres y pecadores” (Rom 5,8). Nuestro deber es servir a nuestros hermanos y hermanas necesitados, en quienes encontramos a Cristo mismo.